| MÁS PEÑAS, PREMIOS, PICNIC Y REUNIONES CULTURALES |

| E D I T O R I A L |
El 20 de noviembre nos volvimos a juntar en casa de Cecilia y Néstor Fantini, en Northridge, en una nueva reunión de la cada vez más reconocida Peña Literaria La Luciérnaga. En la introducción de la peña, y tal como se había venido anunciando, José Manuel Rodríguez presentó a la escritora argentina Norma Villanueva quien leyó su cuento “La mujer del velo”, escrito en 1996 y parte de la serie Posada del subconsciente. Otros que compartieron sus poemas y cuentos fueron Oscar Benítez, Raúl Arredondo, Julio Benítez, Gabriel Lerner, Agueda Cabrera, Lali Sorrentino y Rafael Figueroa. Además, Rafael Carvajal leyó sus “Máximas y mínimas”, Alejandro Molina hizo una representación teatral de uno de sus poemas y Alberto Villalobos presentó un ensayo. En la peña, que como siempre fue grabada por Jairo Duque para Colombia Informa Radio, se resaltó el logro de José Manuel Rodríguez quien, con su novela Los trashumantes, ganó el Concurso Nacional de Novela Corta, de la Universidad Central de Colombia. Junto al correspondiente certificado de reconocimiento, Rodríguez, quien también es miembro del Consejo Editorial de La Luciérnaga Online, recibirá $4 millones de pesos colombianos. Un mes antes, La Luciérnaga se había reunido en casa de Dukardo Hinestrosa, en North Hollywood, en donde, junto a un acogedor fuego de chimenea, leyeron Antonieta Villamil, Mark Lipman, George de Aztlán, Rafael Carvajal, José Manuel Rodríguez, Rafael Figueroa, Julio Benítez, Celerino Hernández, Raúl Arredondo y Alberto Villalobos. René Colato Laínez, autor de varios libros infantiles, presentó su último trabajo, Del norte al sur. El pintor chileno Ricardo Abrines trajo varios de sus cuadros que pueden ser admirados en la Galería de Arte de La Luciérnaga Online. En un esfuerzo por expandir las actividades sociales de La Peña Literaria La Luciérnaga, Cecilia Davicco se encargó de organizar un picnic que tuvo lugar en el Northridge Park, el domingo 14 de noviembre, y al que concurrieron más de 30 personas con sus familias y amigos. Los siempre aclamados choripanes de Luis Dugnas y empanadas argentinas aseguraron el apetito de los concurrentes que se enfrascaron en carreras de embolsados, partidos de fútbol y vóleibol, juegos de ajedrez, dominó, adivinanzas y mucho más. Un día de sol primaveral, la algarabía de los niños y la ´buena onda´ de las luciérnagas aseguró una jornada inolvidable. En lo que hace a actividades culturales y literarias, Néstor Fantini anunció que La Luciérnaga está participando de reuniones convocadas por el conocido productor Alfie Martin que tienen como objetivo la organización de un gran evento cultural que reúna a varios círculos literarios de la región. Además, recientemente, el profesor Benito Gómez Madrid, de la Universidad Estatal de California Domínguez Hills, después de felicitarnos por nuestra página de internet de la que dijo: “me encantó”, invitó a que La Luciérnaga participe de un Encuentro de Autores que sería parte de un simposio internacional que la casa de altos estudios está organizando para marzo de 2011. Cabe recordar que La Peña Literaria La Luciérnaga comenzará, a partir del 1 de enero de 2011, a aceptar membresías. Cecilia Davicco, como tesorera de la organización, es la encargada de registrar a todos aquellos que deseen sumarse a este círculo literario y gozar de las diversas ventajas que implica la membresía. Finalmente, se recuerda que el 11 de diciembre es el último día para poder votar por el o la “Luciérnaga 2010”. O sea la persona que mejor representa los valores de esta organización dedicada a promover la cultura y la lengua de Cervantes. El ganador será anunciado en la peña de diciembre. |
| P O E S Í A S |
| VEREDAS Silvia Tomasa Rivera |
| IV Julio César Gutiérrez |
| NO SÓLO LA SONRISA VEÍAN Capricho Carlos Martínez Rivas |
| ESQUELA Ottoniel Martínez |

| C U E N T O S |
Como ausencia extendida, como campana súbita, El mar reparte el sonido del corazón... Pablo Neruda Cuando amaneció, en ese octubre de nubes inestables y ramas deshojadas, hacía horas que estaba semidespierto, me contaría haciendo esfuerzos por recordar detalladamente las circunstancias de esa jornada que cambiarían para siempre su vida. A las dos y media, más o menos, había escuchado un trueno en la lejanía de los cielos otoñales de Northridge y de soslayo confirmó la posición de las agujas en el despertador de mármol de Carrara que había heredado de su abuela Concepción. También se aseguró de mirar hacia el costado izquierdo en donde Zulma, Ah, mi dulce Zulma, a pesar de estar boca arriba y con el pelo azabache enredado, mantenía cierta dignidad angelical. A eso de las tres y media, percibió algo indefinido: una sensación de intranquilidad, diría más tarde, que lo empujó a a sentarse de pronto en la cama. No pudo determinar la causa del sobresalto, pero intuyó que había algo grandioso e inexplicable que estaba a punto de ocurrir. Después, con esa angustia en el pecho, ya no se pudo volver a dormir. A las siete y dieciséis, y me acuerdo que eran precisamente las y dieciséis porque pensé en la edad que tenía cuando mamá se suicidó en su vieja casona de Olivos, Zulma le dio un beso rutinario en su mejilla todavía sin afeitar y le dijo “me voy a lo de Bárbara, mi melocotón, y de ahí a UCLA” y le desparramó su perfume Cabotine de Gres que él mismo le había regalado para ese cumpleaños que ella no quiso festejar porque era un año bisiesto y la Luna, como decía Ramira, la guatemalteca que venía a limpiar los lunes, estaba alineada con Saturno prediciendo un desastre de dimensiones apocalípticas. “Me voy a lo de Bárbara y de ahí a UCLA” quedó flotando en el living room de la casa victoriana de dos pisos y del jardín impecable que estaba al final de un cul de sac en ese elegante rincón del Valle de San Fernando. “Me voy a lo de Bárbara y de ahí a UCLA”, se repetía cuando salió detrás de ella y comenzó a seguir al Mercedes Benz E320, turbo diesel de 210 caballos de fuerza, que dobló en Lassen Street haciendo chillar los frenos y con Mick Jagger a todo volumen acusando que este mundo de corazones de metal es una porquería. “Me voy a lo de Barbara”, se repetía cuando la perdió en el tráfico infernal del Hollywood Freeway, después que un gigantesco camión de Sears Corporation, fucking jerk, casi lo empuja a la banquina. Y aunque logró controlar el volante y salvar el momento, se sorprendió que no sintiera nada. Por el contrario, pensaría días después que los eventos concluyeran, cuando estaba a punto de estrellarse contra el muro de contención, no sintió nada de miedo. Nada de esa sensación de desesperación que supuestamente se debe sentir en ese instante decisivo. Nada, absolutamente nada, ´my dear friend´. Como si verdaderamente no le importase un carajo terminar disuelto entre el metal gris de ese camión de mierda. Nunca pudo recordar cómo llegó, pero media hora después estaba estacionando a media cuadra de la casa de Bárbara, en Studio City. Parecía que no había nadie porque el ‘driveway’ estaba vacío, las cortinas turquesas estaban cerradas y, excepto por un perro perdido que olfateaba los arbustos de los jardines, reinaba total desolación. Esperó unos minutos, deseando, rogando, implorando, que apareciese el Mercedes salvador. Cuando el espejo retrovisor me proyectó la imagen de un auto negro doblando la esquina, sentí que se me aflojaba el cuerpo, esa sensación de alivio que surge cuando todo está aclarado, me dijo casi con lágrimas en los ojos. Pero no era ella. Era un Lexus negro parecido al de Zulma. No era ella. No podía ser ella. No había ninguna posibilidad que fuese ella, porque la Luna estaba alineada con Saturno y las fuerzas cósmicas eran más poderosas que estas ridículas marionetas de existencia finita. Después de esperar media hora, una media hora de eternidad dantesca, llamó a Bárbara Patricios Barrenechea, amiga incondicional de su mujer, amiga desde el Liceo de Señoritas La Sagrada Familia en donde las dos compartían el mismo cuarto, los mismos libros y el secreto de haber sido desvirgadas por su querido profesor de gimnasia, el señor Mario McKenzie, quien, como se reportaría en Clarín años después, aparte de adolescentes, también incluía en su lista de ‘experiencias’ a medio staff, tanto femenino como masculino, del pretigioso internado de niñas de clase media alta. |
| L A C A M A: Un trayecto oblicuo de 19 millas en una ciudad desconsolada Néstor M. Fantini |
| T R I C O T O M Í A U R B A N A Lorenzo Reina |
En el primer intento, el teléfono de Bárbara estaba ocupado. Pero la segunda vez, contestó y apurada le dijo que tenía alguien de Foster Associates, te acordás de aquel negocio con la mina brasilera y los franchutes que te había contado, y que estaba apuradísima pero que en cuanto volviera al hotel, porque estaba en San Diego… Y no sabe qué más dijo, porque estaba en San Diego... Y lo que restaba de esa conversación no tenía la menor importancia, en esta ciudad de Los Angeles, en donde Claudio Fernández Viale y Zulma Patricios de Fernandez Viale estaban a punto de dirimir una milenaria contienda que tenía mucho de vida, mucho de pasión, mucho de amor, mucho de traición. “Me voy a lo de Bárbara…”, de pronto se transformó en una frase crucial en el andamiaje aristoteliano que comenzó a forjarse en la acusación que surgía, ahora, en el terreno público. Una frase determinante, me diría Claudio en esa única entrevista que tuvimos, con la que pensaba destruir cualquier argumento con el que su mujer de toda la vida intentaría, seguramente, articular una defensa exculpatoria. Y si no estaba en lo de Bárbara, Bárbara con b larga de bondad, Bárbara Patricios Barrenechea, hija de un potentado que alguna vez apareció en la lista de posibles ministros de economía de la administración militar del general Juan Carlos Onganía, nieta de un ex gobernador de Salta y como tal admitida a las infaltables fiestas del Club 20 de Febrero en la que los restos de una patética oligarquía casi medieval festejaba la introducción de señoritas en esa sociedad en la que primos cada vez más cercanos se casan entre ellos para mantener esos apellidos de cuatro o cinco guiones que separan historias de opresión, racismo, exterminio, en un mundo de latifundios en que indios desnudos lloran sin lágrimas, Bárbara que rima con cámara, Bárbara alta, Bárbara rubia, Bárbara cómplice, Barbara puta, Barbara mierda… Si no estaba en lo de Bárbara… entonces, dios mío, recuerda que dijo, dios mío, dios mío, no cabía otra posibilidad. Ahora con el “Me voy a lo de Bárbara…” ya sin sentido y armando y desarmando nuevos planes de acusaciones, defensas, contradefensas y contradicciones, Claudio Fernández Viale, o mejor dicho, Claudio “Cuernos” Fernández Viale, Claudio gorreado, Claudio boludo, se lanzó de nuevo en el Hollywood Freeway hacia la casa de no voy a pronunciar su nombre para confirmar lo que durante meses sospechara. La verdad es que no sé cómo llegué, diría después. Sé que había luces y hasta voces que transcurrían en ese túnel vacío, pero no veía nada. Apenas se acuerda de una melodía en la radio y un cartel blanquinegro en algún lugar del freeway anunciando la pelicula Transformers 3 y bocinazos perdidos en el fondo y también que en determinado momento pensó en Abbadón, ese ángel exterminador de lanza sangrienta que cuando niño copiaba de una revista de caricaturas y con el que balbuceaba un plan para que destruyesen a ese padrasto al que desde lo más profundo de su ser odiaba desde el amanecer hasta la muerte. No sé cómo llegué, pero ahí estaba, de pronto, frente a la casa de ese hijo de puta. Y allá, a una cuadra casi, más allá de los árboles sin pájaros, más allá de las montañas sin cielo y los desiertos, estaba el Mercedes. Ese maldito Mercedes E320 armado en Stuttgart, Alemania, por un obrero gris que nunca sabría el destino fatal que estaba construyendo. Cuando abrió la puerta de la casa, con el revólver calibre 38 ya en su mano temblorosa, no se sorprendió que estuviese sin llave. Tampoco le sorprendió la sonrisa de ternura que recibió de una Zulma desnuda ni la mirada de resignación del innombrable. Después de todo, como decía la guatemalteca Ramira, la Luna estaba alineada con Saturno y era inútil intentar revertir el destino fatal de la jornada. Néstor M. Fantini, es un sobreviviente de la Guerra Sucia argentina que reside en Los Angeles. Aparte de su experiencia profesional como docente y periodista, su interés por la literatura lo ha motivado a involucrarse en numerosos eventos culturales y organizaciones. Algunos de sus cuentos fueron publicados en Lahoja, Mirando hacia el sur y otras publicaciones. Es editor fundador de La Luciérnaga Online. |
Después de dos semanas de intensas lluvias, la vieja Glenda aprovechó una mañana los pálidos reflejos del sol para salir al patio, parar los tallos de sus rosas y dar gracias al Santísimo por poner fin al diluvio. Su única familia eran tres gatos friolentos y un perro que la siguieron hasta la caja de la correspondencia, de donde sacó el cheque del Seguro Social de entre una montaña de anuncios; promesas de premios y ofertas para comprarse un pedazo de tierra en el cementerio. En la distancia escuchó el ruido de las sirenas de la policía. Sin perder tiempo regresó a la casa, temerosa de ser blanco de alguna bala errante, o víctima de algún bandolero fugitivo. Una vez aseguradas puertas y ventanas, descubrió que el perro se había quedado afuera. Justo tres días antes Francisco se montó en su bicicleta y partió hacia su trabajo por una avenida del South Central. Eran las vísperas de la Nochebuena y tenía que comprar algunos regalos por lo que decidió, con permiso de su patrón, comenzar su trabajo tres horas antes de lo acostumbrado. Llevaba un año viviendo ilegalmente en Los Angeles y ya tenía un trabajo, un cuarto compartido con diez y hasta dinero para mandar al otro lado de la frontera. Mientras la bicicleta hacía jirones en la niebla, Francisco pensaba en su futuro. Si todo salía como había planeado, dentro de poco iba a comprarse un carro de segunda mano con que pasear a su familia por las calles del barrio. Hacía sin embargo cuarenta y cinco días que Genaro estaba pasando por una mala racha. De nada valían consejos de curanderos ni visitas a botánicas. Desde que había dejado su pueblo, allá en Zacatecas, se le había pegado una mala suerte que no daba pie con bola. Por eso se daba sus tragos de vez en cuando para olvidarse de la pinche vida, según él. Por eso buscaba la compañía de Facundo, un borrachín como él pero con mejor suerte. En esos días en que Genaro estaba melancólico, buscaba a su compadre y se daban unas curdas que duraban toda la noche. Y entonces Genaro destapaba sus rencores y blasfemaba contra Dios, maldiciendo por haber nacido el día de los muertos. Facundo sacaba a empujones a Genaro de los bares, temeroso de que fuera a aparecer la Migra y cargara con los dos. En un laberinto de calles y avenidas traicioneras, en una ciudad de claroscuros iban dos beodos; uno al timón y el otro cantando una ranchera. Glenda aún recordaba los tiempos de su niñez cuando se iba a pasear con sus padres al entrecruce del tren. Entonces no tenía que estar pendiente de quién la seguía, de quién pudiera aparecer amenazante en una esquina. Los barrios eran entonces tranquilos y sólo se escuchaba la sirena de los bomberos. La gente moría de viejo. Jamás una bala le cortó el sueño a nadie. Poco a poco, Glenda fue encerrando sus memorias entre cuatro paredes. Tenía recelo de la televisión y sus noticias, de las sirenas de la policía aullando en la noche, de los cholos, de los indocumentados, de los negros. No pasaba un día en que Glenda se preguntara cómo iba a morir. La muerte rondaba por aquellos barrios en muchas formas, casi siempre violentas. Su sueño era morir como su madre Tita, sus abuelos y tatarabuelos; de viejos en la cama. Glenda había notado últimamente un mosquero sobre el muro de su patio que le servía además de frontera. Eran moscas verdes y grandes. Las veía aterrizar con las panzas llenas de inmundicias. Zumbaban, se multiplicaban, se posaban sobre el cristal de sus ventanas, frotando sus patas delanteras para limpiar sus ojos. Más de una vez habían encontrado un cadáver en el río que serpenteaba nausebaundo bajo la autopista. Pero estaba vez, Glenda tuvo miedo. Las moscas en vez de irse como otras veces hacia sus guaridas hediondas, continuaban arremolinadas en su patio, muy cerca del muro. Tres días antes de llegar la plaga de las moscas al patio de Glenda, Genaro vio un chispazo amarillo en la distancia. La densa niebla hizo el resto. Antes de que tuviera tiempo, la luz del semáforo se volvió roja, enorme, inevitable. Chirriaron los frenos y el impacto lanzó a Facundo sobre el contén de la acera y allí quedó, eructando una maldición. Genaro dio marcha atrás, aturdido. La borrachera había desaparecido como por arte de magia. Llevó a duras penas el carro hasta una esquina oscura. De entre dos halos de luces vio una rueda de bicicleta, aún girando en un entrecruce de calles. Y al tratar de escapar de la escena, descubrió una pierna humana sobre el techo. Sin perder tiempo miró a todos lados, tiró del miembro ensangrentado y lo lanzó por sobre el primer muro que encontró. Glenda llamó con tres gritos al perro desde la puerta. El perro apareció moviendo la cola para desaparecer otra vez entre los arbustos, alborotando las moscas. Inquieta, Glenda salió de nuevo al patio pero no logró llegar al muro. Llevándose una mano al pecho sintió su corazón trabarse como un reloj roto, mientras el perro tiraba con sus colmillos de un calcañal. |
Lorenzo Reina es un escritor cubano que reside en el sur de California. Sus obras han sido publicadas en la Revista Hispano-cubana y en La Porte des Poétes. Su última novela es La profesía del Orishá. |


| E N S A Y O S |
| T R A T A N D O D E E N T E N D E R Q U I É N S O Y María Luisa Arienza-López |
| Quiela aparece como víctima en los ojos de los lectores porque Poniatowska enfatiza que Diego “casts her within patriarchal stereotypes of dependency”, lo cual provoca los pensamientos de liberarse y aislarse de Diego para empezar su vida independiente (Sifuentes- Jáuregui, 2001). Por ejemplo, según Sifuentes-Jáuregui, “Her statement [Quiela’s] about abandoning geometric forms can be read as a certain distancing from Diego. She does not imitate Diego nor engage with muralism”, lo cual intensifica el deseo de alejarse de Diego, dejando de seguir su estilo de vida y sus intereses (Sifuentes-Jáuregui, 2001). Además, Sifuentes-Jáuregui indica que “Quiela conceives of herself as Diego’s other, and through painting a portrait of another woman she may begin ultimately to think of herself as independent, free from the constraint of Diego” (Sifuentes-Jáuregui, 2001). También se puede observar que el proceso de la recuperación de la identidad suscita la curiosidad de los deseos sexuales de Quiela, permitiéndole explorar nuevas formas de sentimientos eróticos. Sifuentes-Jáuregui atestigua “With painting another woman, Quiela begins to find herself within a homosexual matrix, therefore allowing herself to explore self- identification” (Sifuentes-Jáuregui, 2001). A través del periodo de nueve meses y tres días –supuestamente el tiempo exacto necesario para el desarrollo prenatal de un bebé, lo cual sugiere que las cartas escritas a Rivera representan al hijo de la protagonista–, Quiela logra liberarse de su propio sufrimiento por Diego y establecerse como una mujer físicamente y emocionalmente emancipada. Al sentir la independencia, Quiela se queda sorprendida por el encuentro de la identidad propia y empieza a experimentar con su libertad emocional en muchas maneras a través de las cuales Poniatowska expresa sus ideas feministas. Según Sifuentes-Jáuregui, el título de la novela es un juego homofónico no solamente con respeto al nombre de la protagonista sino también con el resto de la frase. Sifuentes-Jáuregui sugiere que te abraza Quiela es la máscara de la frase te abras a Quiela, la cual se dirige a Diego y demuestra la fuerza del feminismo. La interpretación de la frase, según Sifuentes-Jáuregui es lo siguiente: “the entire title conceals a desire for Diego to open up, so that the text may reach and penetrate him”, explicando que Quiela ya entiende que no puede seguir siendo un objeto sino que tiene que recibir la comprensión de su amante. Sobre todo, Sifuentes-Jáuregui propone un pensamiento aún más fuerte y feminista, señalando que te abraza Quiela es en realidad te abrasa Quiela, lo cual embarca en sí la violencia, la agresión, y la rabia que llevan en sí las mujeres hacia los machistas. Poniatowska presenta el feminismo con el abrazo abrasante, sugiriendo que las mujeres logran “quemar” al sexo que las hace sufrir y que las trata sin respeto. En Querido Diego, “Quiela embraces, she desires for her lover to open up, and she burns him”, lo cual subraya y enfatiza el mensaje central de la feminista mexicana (Sifuentes-Jáuregui, 2001). Sifuentes-Jáuregui continúa diciendo que Quiela por fin entendió que “she wants attachment and identification, and realizes that there must also be distance” (Sifuentes-Jáuregui, 2001). Al comprender eso, Quiela da su abrazo, “an embrace of love and good-bye which represents her desire for, as well as a distancing, from the other” (Sifuentes-Jáuregui, 2001). Según el artículo, este símbolo del “embrace” también apoya a Quiela mientras que ésta recupera su identidad perdida dentro de los sueños amorosos de su juventud y de los diez años pasados con Diego. Comprendiendo que Diego ya no la quiere –y quizás que nunca la quería–, Quiela utiliza tal duda para comenzar el proceso de liberación emocional y logra independizarse emocionalmente de su ex-amante (aunque él todavía sigue enviándole el dinero necesario para sobrevivir en París). Cuando la protagonista alcanza la meta de escaparse de la dictadura emocional de Diego, entiende que se siente más cómoda y puede construir su propia vida, experimentando con sus nuevos intereses de la sexualidad. El simbolismo que siguiere el título –el abrazo cariñoso de Quiela– irónicamente se puede observar como la base de la ruptura emocional de Quiela hacia Diego. Como señala Sifuentes-Jáuregui, “that embrace good-bye also guarantees survival for the self” (Sifuentes-Jáuregui, 2001). Sus ideas feministas, sus juegos de homófonos y su creatividad, hacen a Elena Poniatowska una de las mejores escritoras de su país. Al dedicarse al periodismo, la autora puede establecer ciertas conexiones y promover ideas específicas para poder cambiar el punto de vista de su público. Una de estas ideas fue presentada en la novela Querido Diego, te abraza Quiela, en la cual Poniatowska se enfoca en el asunto de la pérdida de la identidad femenina, escondida en el mundo del dominio masculino, lo cual es enfatizado por Cynthia Steele diciendo que “la novela capta con elocuencia la tragedia de una feminidad vivida a la sombra de un artista y su fama”. (Steele, 1985) Aquí se analizó esta novela con la utilización de teorías del feminismo, para poder descubrir el verdadero mensaje de Poniatowska, enmascarado por las penurias amorosas de Quiela. Sufriendo de su propio amor hacia Diego Rivera, la protagonista pierde su identidad, lo cual es una ocurrencia común en países latinoamericanos. Después de ser abandonada, Quiela intenta recuperar su identidad y continuar su vida sin su amante. Al final de la novela, los lectores entienden que ella logra olvidarse de Diego y hacerse una mujer fuerte, independiente y feliz. Claramente, Poniatowska presenta la idea del feminismo en la transformación de Quiela la miserable, a Quiela la independiente, y presenta así un buen ejemplo para todas las mujeres de su época. |
| M Á X I M A S Y M Í N I M A S Rafael Carvajal |
| Rafael Carvajal, colombiano que escribe ingeniosos dichos populares que aparecen en publicaciones como Tiempo Sur e HispanicLA. rafiacv@yahoo.com |
Cada problema crece en proporción directa a la distancia que estamos de la solución. Hoy en día, ni la educación sexual mantiene a los adolescentes en la escuela. Para mí, Hugo Chávez es tuerto... del ojo derecho. Como están las cosas, no creo que en veinte años alguien se atreva a decir: "todo tiempo pasado fue mejor". Hay personas que a veces son tan antipáticas como siempre. Mandamiento obvio: No recurrir a la madre de tu ex novia para que te ayude a volver con ella. En el rompecabezas de la naturaleza, el trébol de 4 hojas es la pieza por encontrar. Correr es bueno, especialmente si el que nos persigue es malo. La perspectiva económica está peor este año que el anterior, pero mejor que el próximo. Para juzgar a una mujer no hay mejor verdugo que otra mujer. Más vale pájaro en mano...que sobre la cabeza. Definición de Vedette: Mujer experta en piernografía y senografía. |
| R E F L E X I O N E S |
| © La Luciérnaga Online, 2010 |