© La Luciérnaga Online, 2012
C U E N T O S
Un encuentro de poesía, narraciones, arte y música
C I R S C U N T A N C I A
Águeda Cabrera
Basado en una historia real ocurrida el 12 de Noviembre de 2011
en Buenos Aires.

Ironicamente para un hombre que rara vez dejaba nada librado al azar como Juan
Robles, los eventos que decidieron su destino fueron producto de una seguidilla
de circunstancias fortuitas e impredecibles.  Desde temprana edad fue
cuidadoso con cada uno de sus pasos. No se permitio nada drastico ni
apasionado.   Su padre, un empleado civil de la policia local les habia
recomendado a el y a sus hermanos varones que se unieran a la fuerza policial.  
El, que habia convivido con ellos por años, envidiaba la seguridad de su trabajo
con beneficios y vacaciones, el retiro temprano y la vida pseudo riesgosa que
llevaban.  “El riesgo es minimo, se cuidan entre ellos y ningun delincuente quiere
cargarse el peso de atacar a un policia”, les decia a sus hijos en las largas
sobremesas de su humilde vivienda de barrio.  Con ese sueño, hizo el sacrificio
de mantener a sus hijos hasta que terminaran el secundario, para que pudieran
ingresar a la academia.  De chicos los llevaba a los desfiles y los presentaba a
sus superiores con orgullo.  Juan sentia que su destino estaba trazado y que no
tenia que pasar por sobresaltos para llegar a su meta.

Su hermano mayor, sin embargo, ignoro los consejos paternos y se aventuro a la
vida tratando de conseguir un diploma de lo que sea para sobresalir.  No lo
consiguio, paso su juventud rebotando de curso en curso y de trabajo en trabajo,
para terminar en un mediocre e inseguro empleo de oficina.  Juan en cambio,
siguio prolijamente las indicaciones de su padre y aun antes de terminar la
secundaria en la nocturna local, comenzo los tramites necesarios para seguir el
camino marcado.  Asi ingreso a la fuerza policial apenas cumplidos sus
dieciocho años.  Pronto descubrio que su orgullo en vestir el uniforme no lo hacia
popular entre los muchachos de su edad, y mucho menos entre las muchachas.  
A el no le importaba, cuando se les pasara a todas las primeras calenturas,
entenderian que el podria ofrecerles la seguridad que los demas seguirian
buscando.  

Mientras tanto y a falta de amores prometedores, no le faltaban muchachas
livianas que estuvieran dispuestas a ofrecer favores a cambio de simpatia
policial.  Asi logro calmar sus primeras urgencias, hasta el dia en que por fin, en
un casamiento familiar, conocio a quien disfrutaria de las seguridades que el
tendria para ofrecer en el futuro.  No era tan bonita como ciertas muchachas de
su barrio, ni tan atrevida como las que regalaban sus favores, pero se veia seria y
a el le gustaba.  Falto de experiencia en amores, y empeñado en ser cuidadoso,
le costo meses despues de la primera cita para hacer un avance concreto.  Ella
respondio inmediatamente, y le facilito el camino a la concrecion de sus deseos.  
No era virgen, ni el lo esperaba, hasta le dio tranquilidad su moderada
experiencia.  Los padres de ella, sin embargo actuaban como si lo fuera y
esperaban un noviazgo corto y un casamiento prometedor.

Su mezquino sueldo de principiante, menos lo que aportaba en la casa paterna y
lo que despilfarraba con las muchachas no le habian permitido ahorrar gran
cosa, asi que el noviazgo se tuvo que extender mas de lo esperado para asegurar
muebles humildes, pagados en cuotas para llenar un departamento de alquiler.  
Ella apostaba a futuro, asi que se conformo con lo que el le ofrecia y acepto un
casamiento sencillo, celebrado en los fondos de su casa paterna.

Juan sentia que su vida rodaba por un carril seguro y predecible.  Aun endeudado
por los gastos del casamiento, lo asusto un poco el primer embarazo.  Sin
embargo le hizo frente como un hombre y se endeudo una vez mas para mudarse
a una casa mas grande y proveer lo necesario para la pequeña que llego a
adornar sus vidas y a solidificar la relacion.  Si bien seguia contento y confiado en
su futuro, duplico las precauciones para evitar nuevas sorpresas, al menos hasta
que lograra ahorrar lo suficiente para una casa propia.  La muchacha se dejaba
llevar, relegaba todas las responsabilidades en su esposo y disfrutaba de una
vida facil y chata, con vacaciones de verano incluidas.

Con la prolijidad que lo caracterizaba y avanzando despacio en su carrera, logro
endeudarse aun mas para comprar una vivienda sencilla que le diera la
seguridad que habia planeado.  Recien ahi se animo a permitirse el exceso de
buscar el machito que no vino.  La segunda hija lo lleno de orgullo y poco a poco
bajo la guardia, sintiendo que el momento de tranquilidad y su retiro temprano se
estan acercando.  Para su suerte, las deudas iban disminuyendo año tras año,
gracias a trabajitos extra que conseguia como cubrir los turnos de sus
compañeros los fines de semana o hacer seguridad en algun evento.  Se sentia
tranquilo y satisfecho con su vida chata y sin sobresaltos,  a comparacion de su
hermano mayor y otros hombres de su edad, que seguian dando tumbos sin
encontrar la seguridad de un empleo como el de el.  Sus ambiciones no iban
mucho mas alla de la vida aburguesada que llevaba con su familia, los
encuentros matrimoniales monotonos y las mezquinas vacaciones del verano.  

Cada vez que se encontraba en situaciones de peligro, pensaba en los
comentarios de su padre y se daba animos.  Alguna que otra vez se sintio en
peligro real, pero esos pocos momentos de agitacion se compensaban con la
diaria tranquilidad de un sueldo fijo y una situacion estable.  Por eso esa noche
primaveral de sabado, acepto de buen grado el ofrecimiento de cubrir el turno de
un compañero mas joven que queria salir de fiesta.  Luchaba contra el sueño y el
aburrimiento cuando recibio la llamada reportando disturbios en una fiesta
alrededor de las dos de la mañana.  Como era el mas experimentado en el turno
de esa noche, con mas de veinte años en la fuerza, tomo el mando reclutando a
los tres agentes que parecian  mas despiertos.

Llegaron a un barrio de clase media para encontrar al revoltoso borracho o
drogado pateando autos por el enojo de que lo hayan sacado de la fiesta.  Se
bajaron a rodearlo y a evaluar la situacion.  Se trataba de un muchacho muy joven
en un estado lamentable de intoxicacion.  La combinacion de alcohol con vaya a
saber que otra substancia deshinibia al chico y le daba brios.  Los cuatro lo
rodearon manteniendo distancia, como para que no los acusen de abuso
policial.  El chico con una voz pastosa gritaba que lo dejaran en paz y que no
estaba armado.  El gesto con el cual se quito la camisa y levanto las botamangas
de sus pantalones para mostrar que no tenia armas, le insinuo a Juan que no era
la primera vez que se enfrentaba con la policia.  Hasta se quito un zapato en un
momento para mostrar que estaba desarmado, mientras ejecutaba una especie
de danza burlona para evitar que lo alcancen los agentes.  El agente Juan
Robles, a cargo de la operacion, dio indicaciones para que lo rodeen despacio,
mientras el muchacho se tambaleaba entre ellos.  

La situacion era tragicomica y el la tomo como tal, casi agradeciendo el
entretenimiento que acortaria la larga noche de turno.  El chico, agil y fuerte
parecia burlarse de esos cuatro hombres cargados por el sueño de la noche en
vela y el peso de los chalecos antibalas.  Inesperadamente, a medida que se
acercaban el muchacho se agito, forcejeo cuando trataron de agarrarlo y sin
saber ni como, manoteo la pistola que uno de los policias llevaba en el bolsillo
de su chaleco antibalas.  Apunto a los policias y comenzo a correr
trastabillandose en diagonal por la calle.

Los cuatro lo miraban incredulos, manotearon sus pistolas aunque Juan ordeno
que fueran limpios y que evitaran tirarle.  Esta complicacion lo puso nervioso, no
queria comprometer su retiro temprano con una investigacion por exceso de
fuerza.  El muchacho correteo como pudo, sin dejar de empuñar el arma robada,  
hasta la otra esquina.  Dos de los policias corrieron adelante tratando de
rodearlo.  El, con sus pocos kilos de mas resoplaba mientras daba ordenes
buscando un buen angulo a las piernas del muchacho cuando escucho el primer
tiro.  El chico tiraba al asfalto desafiando a los policias.  Juan Robles vio el brillo
del disparo en la oscuridad y escucho el ruido metalico de las dos balas
chocando contra el asfalto muy cerca de el.  Se freno para disparar a las piernas
o adonde pudiera cuando sintio el impacto de la bala que reboto en el asfalto y
penetro su vientre en un angulo increible, por debajo de su chaleco antibalas.

Los dos policias que iban adelante no lo vieron caer y el novato que estaba cerca
de el no salia de su asombro cuando lo vio en el piso.  Juan Robles sintio el
borboton furioso de sangre tibia que mojaba sus pantalones mientras el otro
policia inutilmente trataba de poner presion en la herida, mientras la sangre
espesa y oscura se filtraba entre sus dedos.  El miedo y el estupor le cortaban la
voz y no lograba alertar a los otros policias de la emergencia.  Esos pocos
segundos que tardaron en advertirlo y llamar a la ambulancia decidieron la vida
de Juan Robles, que se escapaba furiosa y ritmica por la herida en su vientre.  
Entre el sopor que nublaba su conciencia, recordo las caras de sus hijas y el
cuerpo de su mujer, a la que amo sin apasionamientos.  Lejano, entre los
sollozos de su compañero logro percibir el sonido de las sirenas que vendrian a
socorrerlo demasiado tarde para salvar su vida.
Agueda Cabrera, psicoterapeuta argentina que reside en el Valle de San
Fernando, California. Su interés por la literatura la acompañó toda su vida.
Algunos de sus cuentos y poemas han sido publicados en La Luciérnaga
Online. Es una reconocida participante de la Peña Literaria La Luciérnaga.

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Esta tarde vienen las tías y Ana con la Estelita, que acaban de llegar de su viaje,
dijo mi mamá, mientras batía los huevos frenéticamente para que el biscochuelo
que era su especialidad, le saliera más esponjoso. No sé que siguió diciendo,
porque en ese momento mi mente se escurrió vertiginosamente por los
laberintos del tiempo para detenerse en un jardín saturado de rosas con muchas
espinas, copiosas palmeras de hojas como púas y pequeños arbustos de ramas
secas que arañaban mi piel, mientras lo atravesaba corriendo con las lágrimas y
los mocos empapándome la cara.

La casa de los Mejía, lindaba con la nuestra y desde que pudiera recordar su
patio era como un jardín botánico, donde había una gran  variedad de plantas y
flores que Ana Mejía cuidaba con devoción y Estelita su hija, se dedicaba a
destrozar con saña. Decían que cuando  Ana se casó, ya era bastante mayor  y
que para quedar embarazada había hecho promesas a cuanto santo encontraba
en el almanaque.  El día que Estelita nació, fue de gran regocijo para los Mejía, y
aunque esperaban un niño, no hicieron reclamos ya que los santos habían
cumplido. Sólo tenía días de nacida, cuando una gran tormenta  azotó al pueblo y
un rayo cayó sobre el techo de los Mejía. El incendio que produjo, afectó la
habitación donde la Estelita dormía.  Alcanzaron a salvarla, pero el humo y el
griterío parecieron afectarla, porque lloró una semana seguida, hasta que se
durmió de agotamiento.

Estela  era mayor que yo, me llevaba a jugar a su jardín donde tenía un escondite
entre los cañaverales.  Ella dictaba las reglas, disponía de mis juguetes y cuando
me rehusaba a prestárselos se encarnizaba en arañarme la cara y los brazos y si
yo osaba decir que la acusaría con los mayores,  me desafiaba diciendo que me
masticaría las orejas y los dedos de mis pié.  Yo lloraba mucho por miedo a
quedarme sorda y renga y de noche me tapaba la boca con un pañuelo, para no
hablar dormida.


Junto con las tías, llegó también Ana y Estelita. En pocos minutos la casa se lleno
del alegre bullicio que cinco mujeres hablando al unísono pueden producir.
Habían pasado varios veranos de no ir más a la casa de los Mejía,  pero los
recuerdos estaban tan frescos como el aire de la refrigeradora. Apenas llegaron,
Estelita que ya andaría por los 12 años,  se ocupó el sillón más cómodo y
remedando la pose de una reina, desparramó su vestido, alisó sus pliegues, y
con voz autoritaria increpó a mi mamá, -cuando vas a servirnos algo?- Mi mamá,
disimulando el temblor de sus manos, que yo estoy segura, era por la frustración
de no poder estrangularla, le pasó un vaso de refresco, cuando lo reglamentario
era que se servía primero a los mayores. Tratando de diluir la tensión que se
había generado, mi madre destapó orgullosa su biscochuelo de seis centímetros
de alto x 35 centímetros de circunferencia, lo cortó en 21 rodajas, calculando tres
para cada una, y pasó la bandeja invitando a que cada una se sirviera. Cuando la
fuente llegó a las manos de Estelita, ella la posó sobre la falda de su vestido rojo,
tomó una porción,  se la alcanzó a mi mamá y se dedicó a la tarea de devorar las
restantes.
Nadie dijo nada, pero pude observar miradas furtivas entre las invitadas y Ana con
la vista baja pareció que se encogía avergonzada.  Levante el dedo para pedir otro
pedazo, más por ver la reacción de ella que por ganas de comer, pero antes de
que abriera la boca, mi madre me fulminó con una mirada que me convenció
instantáneamente de cambiar la pregunta. Voy a baño, dije al tiempo que pasaba
por delante de la odiada vecinita. Intencionalmente rocé la bandeja que aún
sostenía entre sus manos y como por un tobogán esta se deslizó entre sus
piernas para ir a estrellarse contra el piso. El ruido de la loza al estallar en
minúsculas partículas, quedó apagado ante los gritos de una Estela que
furibunda se abalanzó tomándome de las trenzas para descargarme enfurecida,
dos sonoras  cachetadas y ya estaba lista para morderme las orejas cuando
varios pares de brazos me rescataron de entre sus garras. Sin más,  me
metieron en mi cuarto con estrictas órdenes de no salir hasta que me autorizaran,
o sea hasta que la visita no me tuviera a su alcance.
Por lo que me entere luego, Ana se la llevó a los empujones fuera de la casa, roja
por la vergüenza y la ira.

-A mí,  se me hace que la Estelita está media chiflada-, le dije a mi mama al día
siguiente mientras secaba los platos del almuerzo, -se comió toda la torta, casi
me mata y nadie le dijo nada. Te crees que no me di cuenta de la mirada que le
echaste cuando te arrebato la bandeja? Por qué no dijiste nada, eh?  
Anda a jugar con tu hermana y cállate la boca, estás muy chica para andar
opinando, algún día te darás cuenta, agrego poniendo punto final a mis reclamos.

-Ana y la Estelita se fueron por unos meses a Córdoba- dijo mi abuela en un tono
entre chismoso y compasivo, días después del cumpleaños.  –Y,  era de
esperarse- dijo mi mama alzando las cejas, al tiempo que sacudía la cabeza
como si estuviera negando -últimamente se les estaba yendo de las manos-
agregó. -Ojalá puedan ayudarla, sino la pobre Ana….-y la frase quedo flotando en
un silencio de cabezas movedizas.  

Yo siempre supe que la vecina era rara, y a medida que fue creciendo, con ella
crecieron sus rarezas. Los viajes a Córdoba eran cada vez más frecuentes, y las
estadías duraban semanas, meses, y luego años. Ana regresaba sola y decía
que la Estelita se iba a quedar un tiempito descansando por allá, pero nunca se
decía donde era el famoso “allá”.
Para entonces y con toda la crudeza que solo se puede tener en la pubertad yo
había hecho pública mi convicción de que Estelita no estaba de vacaciones, sino
que estaba internada, y que tampoco estaba en Córdoba chapoteando agua en
los arroyitos de las sierras, sino en el manicomio de Oliva,  famoso en el país por
la cantidad y calidad de enajenados que bajo su techo albergaba.
Pasaron años sin noticias de la Estelita, porque los pocos que se animaban a
preguntar, recibían siempre la misma esquiva respuesta -está bien, gracias-

Aquel diciembre llego con sus calores, mosquitos y humedad habituales. Junto
con estas maravillas, también comenzaban a aparecer viejos amigos y
conocidos  que con la cercanía de las fiestas pasaban a dejar sus augurios de
rigor.
La viste a la Estelita?- me pregunto Marta Ponciano, mientras pesaba el pan que
metía en la bolsa que yo le alcanzaba- llego ayer, esta cambiadísima.
Me quede muda con la noticia, porque a decir verdad, nunca la había extrañado, y
ni siquiera me acordaba de ella. Pero Marta estaba encantada de poder ser la
que me diera la primicia y siguió con el reporte -Está rubia, rubia y se ha hecho la
cirugía en la nariz, no sabes lo linda que esta, parece una modelo-
Estaba sorprendida, porque en el fondo me alegraba saber que “las vacaciones”
le hubieran sentado bien. En ese momento me di cuenta que mi vieja aversión se
había disipado y hasta me alegré por ella.

Desde su llegada recorría el pueblo, mostrándose segura de sí misma,
despacio, alargando las piernas que dejaba entrever por entre los tajos del
vestido. Estaba tan linda y renovada que la memoria del pueblo se volatilizó bajo
el encanto de su blanca sonrisa. Nadie se acordaba de sus “rarezas” y los más
memoriosos, aquellos que nunca olvidan, decían que aquellas habían sido
cosas de jovencitas malcriadas.

La casa de los Mejía había sido heredada de generación en generación desde
los días de los bisabuelos de Estelita. Era una verdadera reliquia de más de 100
años. Las paredes gruesas, sostenían el techo que alcanzaba los 6 metros de
altura. Los cables de la luz se entrelazaban discretamente con las vigas de
madera desde donde unas grandes lámparas atiborradas de pequeñas
lamparitas y vidrios facetados, colgaban en cada habitación.  Como llegaba el
verano y las tormentas se hacían frecuentes, previniendo posibles accidentes,
Juan Mejía, contrató los servicios de Pablo Sala, electricista certificado quién llegó
con sus herramientas y escalera extensible a iniciar las tareas de reparación que,
según los cálculos tardarían varias semanas en completarse.

Esto había ocurrido una semana antes del arribo de Estelita. Cuando Pablo la vio,
igual que al resto de la población, sufrió un  súbdito ataque de amnesia.
A partir de entonces, cada vez que ella pasaba cerca, él sonreía de costado para
ocultar la ausencia de un canino arrancados de cuajo por un puño muy certero de
quién se negara a pagarle los honorarios. Al quinto día, Pablo seguía enredado
entre los cables del techo y Estela, que ya había hecho campamento alrededor de
la escalera, subía y bajaba para alcanzarle las herramientas, un sándwich o un
vaso de refresco. Se levantaba tempranito para acicalarse y Pablo todo
sonrojado, llegaba cada día más temprano y se retiraba más tarde. Y todo por el
mismo precio, le explicaba a don Mejía .
A medida que pasaron los días, Pablo ya sonreía sin recato y hasta se había
atrevido a darle algunos besitos a los que Estela correspondía sin pudor alguno.
Aquella tarde, Pablo se encontraba a 6 metros de altura, haciendo equilibrio en la
escalera para   probar las instalaciones, cuando un corto circuito en el cableado
provocó una explosión y de inmediato el fuego y el humo se apoderaron de la
vieja casona. Todo quedó a oscuras, los gritos de Pablo resonaron en toda la
casa, Estela corrió hecha una tromba, y al ver a su amado flotando allá arriba en
una nube de humo negro y espeso, corrió enceguecida, tropezó con la escalera
que fue a estrellarse contra una de las paredes. Pablo, que se había abrazado a
una de las vigas, quedó colgado pataleando en el aire. Estela, como en el juego
de la gallina ciega, caminaba de una punta a la otra del cuarto tratando de
acomodar la escalera sin atinar a acomodarla debajo del desesperado Pablo

Cuando Ana y Juan, lograron encender el sol de noche y llegaron a socorrer a
Pablo, este gritaba aterrorizado que “ella” le había sacado la escalera. De pronto
Estela se detuvo en seco y percibió lo que por la mente de los otros estaba
pasando. Lo vio en el rictus amargo que se dibujaba en la boca de su madre. Lo
vio en la expresión de infinita tristeza de su padre. Lo vio en el rechazo de Pablo
cuando ella le extendió la mano para ayudarlo a que bajara.  Nadie le creyó
cuando inconexa y entrecortadamente trató de explicar lo sucedido.

Al día siguiente el pueblo había recobrado completamente la memoria dando
paso al nacimiento de una de las historias más relatadas en ruedas de amigos y
tertulias familiares donde todo cada uno agregaba algún detalle que acentuaba
despiadadamente la locura de la Estelita, una Estelita que conforme  su “fama”
fue creciendo, ella fue haciéndose  invisible  dentro de las paredes de la vieja
casona.
L A   C H I F L A D A
Cecilia Davicco
Cecilia Davico es una narradora argentina que desde 1990 reside en Los
Ängeles y es editora de La Luciérnaga Online.
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