© La Luciérnaga Online, 2010
C U E N T O S

El autobús arribó cuando las luces de la madrugada nimbaban la noche abúlica. Una pequeña y heterogénea multitud se acercó
a la plataforma.  Unos sonreían y agitaban manos apuntando hacia alguna ventanilla en particular, otros simplemente
aguardaban.  El pasaje comenzó el lento y ruidoso descenso y se produjeron los primeros encuentros.   Abrazos, besos,
lágrimas, palabras.

Pronto cada cual tomó su camino y en cuestión de minutos el súbito alboroto se convirtió en súbito silencio. Bah, nunca es total el
silencio de las terminales. Algún murmullo sostenido, alguna radio gangosa, la música funcional indefinida. Lo cierto es que el
último pasajero se mantuvo de pie, en medio del amplio hall, como si aún no hubiera llegado a ningún lado.

Era alto, de color, vestido de oscuro, con una gabardina en su brazo derecho y una maleta y el estuche de una guitarra en su
costado izquierdo. Al quitarse las gafas dejó al descubierto su blanca mirada de ciego.  No sabía donde estaba y realmente no le
interesaba. Se dirigió a la zona de baños de la que retornó con el cabello mojado y la cara lavada. Pidió un café en la barra, pagó y
se sentó parsimoniosamente en un banco. Sacó la guitarra que relucía maravillosamente en medio de su oscuro regazo y
comenzó a rasgar las notas inconfundibles de un blues.  Los sonidos circunstantes parecieron detenerse en la terminal.

Los parroquianos tediosos y somnolientos abrieron los ojos y quisieron saber de dónde provenía la insidiosa música. Enseguida
unos cuantos se arremolinaron alrededor del guitarrista que tocaba y los ignoraba. Era como si no estuviera allí. El estuche del
instrumento abierto en el piso comenzó a recibir una pequeña lluvia de monedas y algún que otro billete.

Algo extraño sucedió entonces. Cada espectador que arrojaba una dádiva quedaba como tildado, como absorto. Primero echaba
humo, luego se convulsionaba torpemente y al final se derrumbaba como una bolsa vacía, como un globo pinchado y terminaba
desapareciendo sobre los deslucidos cerámicos. Alguno que otro dejaba una difusa mancha como vago testimonio de su
existencia y de su muerte.

Terminado el improvisado e inesperado concierto, el hombre enfundó la guitarra, recogió el dinero con indiferencia y lo guardó en
un bolsillo del saco. Era suficiente para pagar el boleto del próximo autobús. ¿adónde iría?¿ cuando llegaría? Estas preguntas no
le importan por igual a ningún hombre, sea vagabundo, oficinista o abogado.

Las luces redondas y el ronroneo del motor anunciaron la continuidad del viaje. En medio del hall vacío y silencioso repicaba el
eco misterioso de un blues. Un ebrio que trataba de dormir en un rincón de la estación y que fue testigo involuntario de la singular
escena, comentó con sorna que el fulano negro de la guitarra era el espectro de Robert Johnson que no encuentra paz
atormentado por su pacto con el diablo.  Su música se realimenta con el alma de los incautos.

No creo, particularmente, que esto sea verdad. No puedo asegurar que no sea cierto.  Por si acaso, esquivo a los músicos de
blues en las terminales.    

RAÚL OSCAR IFRÁN, escritor, dibujante y músico de la ciudad de Punta Alta, Buenos Aires, Argentina.
II Premio del Concurso de Poesía del Circulo de Escritores de Viña del Mar, Chile, 2006.
I Premio del Concurso de Sonetos Defensa de la Libertad de Castilla la Mancha, 2008
I Premio del Certamen Poetico Madre de Dios del Milagro, Cocentaina, Alicante 2009
III Premio del Concurso de Cuento Breve Librería Mediática, Venezuela, 2009
Mención en el V Concurso de Poesía Juan Zorrilla de San Martín del Club de Leones Montevideo de Uruguay 2009
Finalista del Concurso de Cuento Fantástico Mi Natura 2009 de Cuba.
Finalista del Concurso de Cuento El Dinosaurio 2010 Cuba.
Finalista del Concurso de Cuento Voces con Vida 2008, Mexico.
Ha sido incluído en numerosas antologías como Letras de Oro 2007, Editorial Nuevo Ser, Argentina 2007
Poetas contra toreros, editorial Parnaso, España 2008
Voces con Vida, editorial Palabras y Plumas, Mexico 2008
La Mujer rota, Literalia Editores, Mexico 2008
Los Tesoros del Agua, Expo Zaragoza 2008, España
Madre de Dios 2009, Pia Union de la Virgen del Milagro, España 2009.
El color humano son todos los Colores, Civilia, España 2008
La creciente y otros relatos, Delenda est Carthago, España 2007
Poesías y aparte, Creaciones literarias, Israel, 2007.
EL ÚLTIMO PASAJERO

Raúl Oscar Ifrán
Concurso  Internacional de Poesía y Cuentos
La Luciérnaga Online 2009.
TERCER PREMIO
Cuentos
LA SECRETA ESPERANZA DE JUAN

Norma Villanueva

Juan
    
     Relativamente joven, de carácter bonachón,  siempre con una sonrisa amable para atender a sus clientes.    Después  de la
muerte de sus padres,  se vio  forzado a vender la casa materna para saldar algunas deudas; con el resto  del  dinero   compró  la
finca de la ochava que daba justo enfrente, donde luego abriría el bar. De esa forma no se alejaba del  barrio ni  del  hogar  que  lo
vio nacer, además, guardaba una “secreta esperanza”.   Poco  a  poco se  fue  acostumbrando  que  al  levantar  la vista desde  su
mostrador, sus ojos tropezaran  con  la propiedad que  fuera orgullo de sus  antiguos dueños; con  sus   largas galerías cubiertas
con   enredaderas   de   jazmines   que   perfumaban  el aire.  De altos ventanales y una escalera de mármol en el   portal  con dos
leones.  En el jardín, una fuente con cantaros y variados rosales.

Doña Julia

     Había llegado al barrio a ocupar la antigua propiedad de Juan. Nadie conocía nada de ella. Mujer ermitaña,   pero amable  al
saludar en las escasas ocasiones en que se la podía ver. Tenía una encargada de la que tampoco se conocía nada.   Así que    lo
poco que se sabía de ella,  era  a  través   del  cartero, quien hacía su entrada en el bar por las mañanas, mientras  entregaba   su
correspondencia.        No sucedía nada en el barrio, sin que allí se supiera,  y de cuándo,  y dónde, recibía  correspondencia  doña
Julia.     Se   conjeturaba   que   tenía   un  hijo, y   que  era navegante, porque en los sobres venía impreso  el nombre de un  barco
extranjero y de distintos países. Luego a él,  se lo veía llegar por la gran casona, muy de tanto en tanto.

Nicholas

     Hombre taciturno, de  mirada  ausente, como perdida en recuerdos lejanos, usaba una barba un poco espesa,  pero prolija.
Regresó para nunca más partir, unos meses antes   de  que  falleciera la señora Julia. El día en que ella murió, veló su cuerpo a
puerta   cerrada   en  la  misma finca, y al día siguiente, acompañó su cadáver en el coche de una funeraria que pertenec ía  a  otra
ciudad, donde,  seguramente, se  encontraba el sepulcro de la familia. Para ese entonces casi nadie le conocía la cara.  Apareció
por el boliche de Juan cuando, quizás, la soledad comenzó a apretarle el corazón. Ya era clásica su figura en la punta de  la barra
cada mediodía   y   los   que    habitualmente   concurrían   al lugar se fueron acostumbrando a verlo apoyado  en una  esquina del
mostrador.      Cada     vez que   llegaba   pedía   de beber y se quedaba como ausente del jaleo de las  partidas de truco, o  de las
expectativas   de   los   juegos   de   ajedrez.   Nunca   se  retiraba antes de una hora. No hablaba con nadie y los demás  tampoco
buscaban hacerlo, tal vez, por su  augusta presencia.   Tanto era así, que ninguno a la hora  del mediodía ocupaba su sitio.    Una
vez,  sorprendió a Juan diciendo:
    “Me  gustaría   compartir  una  copa con usted,  si es que no le incomoda hacerlo con este lobo solitario.  Me llamo Nicholas”,
dijo estirando su mano.     "No soy de muchas palabras, pero como usted ya forma parte de mis hábitos, me complacería  mucho
que aceptara”.     Así que,    desde ese día,   era común que Juan,    entre cliente y cliente, tomara con él el aperitivo con  aceitunas
negras. A Juan le gustó. El tipo le caía bien. Le atraía su peculiaridad. Supo entonces que, sí, era marino, y que era retirado  como
primer oficial de la Marina Mercante.

     Juan,    siempre   ávido   de   querer   ver la cara de otros mundos tan ajenos al suyo, mundos soñados tantas   noches en la
soledad   de su cuarto, así que cada día sus conversaciones eran una  sucesión  de preguntas y respuestas, a las que   Nicholas
contestaba.     Le interesaba escucharle contar aquellas historias de sus travesías por el mar, con su voz baja y pausada  y  con la
mirada ausente, quién sabe dónde. A veces se tenía que quedar aguardando a que él regresara de esos intervalos,  y   al hacerlo,
con una simple mueca, se disculpaba.    Así   fue adquiriendo Juan el hábito de tomar el aperitivo  con aceitunas negras,  a lo que
agregó unos trocitos de su queso picante.   Aunque no tocaban temas personales, Juan  no dejaba de sentir su  correspondencia
amistosa,   agradeciendo   en   su   interior aquella plática diaria.  Muchas noches se acumularon y nada cambió por aquel  rincón
donde algunas almas encontraban  su espacio.   Una vez don Nicholas se quedó más de lo acostumbrado y antes de retirarse  le
anunció a Juan:

     “Pronto saldré de viaje, mi amigo”.

     Le hubiera querido preguntar algo, pero no lo hizo. Fueron pasando los días y como no lo volvió a mencionar, Juan lo  olvidó.
Una mañana lo esperó como lo hacía habitualmente, con  los vasos  preparados, el plato con las aceitunas y los quesitos,    pero
no apareció.      Al otro día y al otro, tampoco llegó.  Juan  tomaba solo el aperitivo   porque también se le había   hecho costumbre.
Nadie preguntaba nada y, a veces, se descubrían mirando hacia la esquina del mostrador.   Parecía que de pronto extrañaban  su
presencia. Juan, al recordar que él le había hablado de un viaje, se lo dijo a los demás.

     Una tarde entró el cartero diciendo “Tengo noticias, tengo noticias”.    En esos momentos se hizo un gran silencio.      Todos
dejaron de jugar. Rodearon al cartero y esperaron a que Juan abriera un sobre grande que venía dirigido a su nombre.      Adentro
venía otro sobre cerrado donde decía en el dorso y con letras grandes,     “No abrir”, además, traía una llave con una nota   adjunta
que comenzaba de esta manera:

     “Querido y entrañable amigo, debí mandar esta nota antes, pero algo me lo impidió.      Perdone que me haya marchado  sin
saludar, pero nunca me gustaron las despedidas. Será  porque siempre me estuve yendo de todos lados. Hoy quiero pedirle que,
con esa llave que dejo en sus manos, vaya hasta mi casa y busque un sobre  marrón que he dejado sobre mi escritorio.      Y,  por
favor, lea su contenido. Recién entonces, abra este nuevo sobre que hoy le envío”. Nicholas.

     Lo leyó en voz alta, así que todos se enteraron de ese inusitado pedido.    Juan,  sin esperar  un minuto, tomó  la llave y salió
cruzando la esquina con una fuerte emoción en su corazón y una gran curiosidad por saber lo que  le diría en la otra  carta, de esa
manera tan especial.  Los demás se quedaron mirándolo a través de las ventanas del bar, tan intrigados como él.   Para Juan, no
solamente era el pedido de Nicholas, era volver a entrar a su antiguo hogar, la casa de toda su vida,   donde  compartiera  el amor
de sus padres. Amor que lo retuvo de marcharse lejos del pueblo a vivir una vida diferente, renunciando a todo por  acompañarlos
en su vejez. Después de esos años, volvía a atravesar aquel ancho portón negro y el jardín donde hoy los matorrales,  se atrevían
a adueñarse del lugar. Se detuvo un instante frente a la fuente adonde a él, cuando niño, le gustaba jugar con barquitos de  papel,
imaginando que viajaba a puertos lejanos, llenos de misterios y aventuras formidables. Aventuras que hubiera deseado vivir.
Pero quedó anclado en ese lugar, como sus barquitos de papel.

     Camino sobre la parva de hojas secas que se amontonaron por los vientos de esos días y se adentró a  su antigua morada.
Más que mirar, trataba de escuchar las voces y risas proyectadas de otros tiempos.      Se sentía sumergido en el pasado,  en una
perpetua fuente de añoranza.    Los muebles cubiertos.    Las cortinas cerradas.    Todo en perfecto orden. Allí está él, cual intruso,
buscando recuerdos perdidos, fantasmas, olores casi olvidados.   Al entrar a  ese cuarto en busca del sobre, no pudo contener  la
agitación de su corazón.     En el pasado,   ahí mismo estaba su cama, en el mismo sitio que ahora se encontraba el escritorio de
Nicholas. Encima del buró se encontraba una fotografía de la señora Julia, cuando ella aún lucía muy hermosa. Y enseguida,  con
el sobre en su poder, fue a sentarse cerca de la una ventana, desde donde sabía, que tenía una perfecta vista de la ochava.  Abrió
el sobre con cuidado y  se fue perdiendo entre sus líneas, sintiendo en lo profundo la voz de don Nicholas,   con   sus  pausas  tan
particulares.  

     “Querido   compañero de mis últimos tiempos.   Quien   ha sabido estar a mi lado,   bebiendo, escuchando, respetando  mis
silencios.   Cuando le anuncié  mi viaje, no le dije que,  tal  vez, era una partida sin regreso.   Es  por  eso  que le  debo una  última
historia.   La historia de   un   jovencito que un  día dejó atrás a su familia para  ir a recorrer el mundo.       Anduvo de aquí  para allá
disfrutando de  la vida hasta que, de paso por un pueblito italiano, conoció a una hermosa muchacha, la que luego sería  la única
razón de su vida. No tardaron en  casarse.    Él siguió viajando.  No existía mujer en el mundo que le hiciera olvidar sus ojos  color
miel.   Cuando nació su hijo,   él estaba en alta mar y, por las noches, solía subir a cubierta para ahogar con el rugido del mar  los
latidos de su corazón.    Una vez le pidió a su mujer que lo acompañara con el niño en uno de esos viajes.    Tuvo que insistir para
poder quitarle los temores que a ella le producía navegar en  un barco de ultramar, además de ir contra la negativa familiar.   Pero
partieron juntos. Era muy feliz cada despertar al encontrar a sus dos seres queridos junto a él.   Pensaba que la vida ya no  podría
ofrecerle nada mejor.    Hasta  que   un día, andando por la sala de máquinas, se escuchó una fuerte explosión y   todos  corrieron
hacia  arriba,   hacia  el lugar adonde  se  supuso había sido el estallido.      Las lenguas de fuego salían por el  corredor.       En la
desesperación   por saber  adónde se encontraban  su mujer y su hijo,   se metió en ese infierno cubriéndose con una lona.     Un
tripulante  lo  alcanzó  a   ver y lo siguió con una manguera tratando de abrirle paso con el agua.      Gritando su nombre entró a  su
camarote, pero el fuego ya se había extendido y fue muy tarde para salvarlos. Ella cubría con su cuerpo al pequeño,  pero el  fuego
devorador no les dio ninguna oportunidad y murieron asfixiados. Cayó sobre ellos enloquecido de dolor, abrazando sus menudos
cuerpos ardientes. Tuvieron que sacarlo de allí por la fuerza. Posteriormente, pasó largo tiempo internado en la ciudad de  Oporto,
en Portugal, en una clínica de recuperación.    Al salir de ahí, por huir de sí mismo, sofocaba su lenta agonía en la barra de   algún
bar.     Recorría como loco los elevados puentes a orillas del Duero, viviendo interminables noches de pesadilla.     Noches en las
que, al despertar cada mañana, en un cuarto de cualquier hotel, nada recordaba. Regresó a Italia. Anduvo rondando como un loco
la casa  de  la  familia  de  su  esposa,  sin   atreverse   a tocar   a su puerta.   Hasta que, sin poder soportarlo más, envió una nota
diciendo dónde se alojaba. Recibió la visita de la madre de ella suplicándole que se marchara porque no quería que sus hijos se
encontraran con él. Esa noche bebió más que nunca y anduvo sin rumbo fijo.     Tenía la mente tan confusa al abrir los ojos que lo
único que podía recordar era la visita de su suegra. Había decidido marcharse de la ciudad enseguida y salió a la calle pensando
hacia dónde ir. No podía volver con sus padres en esas condiciones después de tantos años para causarles tanto dolor.  Hubiera
querido regresar junto a ellos   y refugiarse en el amor de su familia, tenía tanta necesidad de ellos,   aunque siempre se mantuvo
en contacto, nunca regreso y así, por esas cosas de la vida, fueron transcurriendo demasiados años.   Estaba tan concentrado en
sus cavilaciones que estuvo a punto de    ser arrollado por un automóvil.    Una bella mujer lo detuvo a tiempo,    sujetándolo por el
brazo. Agradeciendo con un leve movimiento de cabeza, hizo el   intento de continuar andando, pero la dama se dio cuenta de que
él no se encontraba  bien, e insistió en que la acompañara a tomar un café.   Sin poder evitarlo, consintió. Pasaron el resto del día
juntos.   Supo que esa hermosa mujer estaba de paseo por Italia.        Le fue fácil confiar en aquella extraña.   También ella estaba
atravesando una etapa de viudez  amarga,    y él,    que llevaba soportando    tanto infierno acosado por los remordimientos,    dejó
hablar a su  corazón.      Algo los unió.        Algo que logró aplacar ambas heridas.      Y aunque las suyas nunca cicatrizaron, con el
correr del tiempo dejaron de sangrar.   Pudo entonces volver a la mar y, cada vez que el navío tocaba puerto en cualquier lugar del
mundo, ahí estaba su extraña amiga, aguardándolo.       Hasta   que    una vez ella no apareció y    él empezó a sentir su ausencia.
Cuando creía que ya nunca volvería a saber de ella, recibe una carta donde le  explica que había estado muy enferma y no   le  era
posible volver a viajar, aunque deseaba seguir teniendo noticias de él.     No le escribió.     Se presentó ante ella y a   partir de  ese
entonces planificaron muchas cosas juntos.      Él le entregó dinero para que     comprara la propiedad  adonde ella fue a  vivir sus
últimos días, e iba a su encuentro cada vez que el barco tocaba tierra.      No dejó de viajar sino, cuando ella lo necesitó.     A estas
alturas, mi amigo Juan, usted ya sabrá quién era ese joven y aquella dama.  Pero, todavía le falta  conocer las últimas partes de la
historia. ¿Recuerda que le dije que mi suegra me visitó una mañana en el hotel de Italia?     También     esa   madrugada tuve otro
encuentro.   Éste fue por los bodegones, cerca del puerto.     Claro, a esto no lo recuerdo.      El alcohol, que a esa hora nublaba mi
cerebro, no me permitió  recordar luego esa noche, las circunstancias que lo rodearon.    Lo supe después, leyendo un periódico.  
Me encontraba yo en otra ciudad junto a aquella mujer esperando mi próximo embarque,   cuando leí esa noticia que me quitó las
pocas fuerzas que me quedaban.   En primera plana, estaba el nombre del hermano de mi esposa muerta y decía que había sido
asesinado en las cercanías del puerto.   Justamente,  por donde yo solía noctambular despedazando  mi vida.   No podía precisar
con exactitud en cuál de los bodegones me había estado emborrachando esa misma noche. Hubo un testigo que dijo haber visto
a mi cuñado atacar primero y, al otro, que en un  intento por  defenderse de su agresor, lo mató en defensa propia.       Nadie pudo
dar más datos sobre los hechos  y la policía iba a continuar investigando. No tuve ninguna duda de que había sido yo,  a pesar de
que no recordaba nada. Me debatí en una gran lucha interior.      No quería entregarme a las autoridades italianas, ni enfrentar a la
familia de mi esposa, pensando en lo que sentirían por mí, aunque nunca ellos abrieron la boca para denunciarme.  Ni por lo que
sentirían mis  padres  y  mi hermano  al saberlo y   creerme   un   asesino.     Me embarqué y    seguí   leyendo algunos periódicos.
No habían logrado averiguar nada y,   con el tiempo,   fui tranquilizando   mi conciencia   creyendo   que, en realidad, había sido en
defensa propia.     Amigo Juan, algunos de esos periódicos los encontrará en el cajón del escritorio.    Lo que más  me ha pesado
durante  estos últimos años es  la barrera que me ha separado de esa familia y de la mía, y el deber que tenía con ellos.     Ahora  
he llegado a creer que es tiempo de  regresar a Italia. Los tribunales italianos se sentirán felices de resolver un crimen que había
quedado en el olvido, y yo quedaré conforme conmigo mismo y con el recuerdo querido de mi esposa y de mi hijo.        Y ahora, mi
amigo, muy pronto le llegarán noticias donde le daré  a conocer  mi nuevo destino. Un abrazo,  Nicholas”

     La    carta terminaba de esa forma. Juan dobló despacio las hojas sin hacer ninguna reflexión.     Se sentía conmovido por la
confianza     que    don Nicholas depositaba en él, y  tuvo apuro por conocer los nuevos acontecimientos en la vida de su amigo.  Y
ahora sí, podía abrir el segundo sobre que le entregara el cartero.

     “Amigo Juan.     Agradezco la paciencia que ha tenido, pero guardo mis razones.     Las cosas en Italia no resultaron como yo
pensaba.     Al llegar allí fui directamente a visitar a aquella familia.   Mi intención era disculparme con ellos antes de entregarme a
las autoridades.    Fui bien recibido por esa madre que se la veía muy viejita, seguramente por el dolor. Cuando le dije la intención
que    traía al venir a verlos, me dijo: ¡Pobre hijo mío! ¿Y has pasado todos estos años creyendo   que habías sido tú, quien mató a
mi Mariano?     No. Claro que no. Al poco tiempo un hombre se entregó a la policía haciéndose cargo del crimen.     El pobre infeliz
iba camino a su trabajo, en el puerto, cuando fue víctima de mi pobre Mariano, quien, confundiéndolo contigo, lo atacó.  El hombre
solamente se defendió.      Fue en defensa propia.     Esta familia hace mucho que ya no te  culpa de la desgracia de nuestra hija y
nuestro nieto. Eran tu esposa y tu  hijo. Mucho habrás sufrido tú también”.    

     “Como podrás ver    mi querido Juan, he resuelto algunos problemas pero   me queda uno pendiente,   y éste es el que dejo
ahora en tus manos.   Si es que puedes perdonar a tu viejo hermano que un día, siendo muy joven, se marchó de allí en busca de
aventuras y que   jamás, antes de volver a   habitar nuestra vieja casa,   encontró  el coraje para dejarse ver cuando  la nostalgia lo
hacía rondar la hermosa casa perfumada con jazmines y que ahora te pertenece. Te abraza, tu hermano Orlando.”

     “Y el barquito de papel elevó sus anclas, partiendo hacia un mundo nuevo”.
NORMA VILLANUEVA nació en Santa Fé, Argentina.
emigró a California en 1990. Ha presentado sus
trabajos en peñas y eventos literarios. Participante del
"Taller Hispanoparlante de Cultura" de Los "Angeles,
conducido por la escritora argentina, Alicia Kozameh; ha
publicado en la revista "Monóculo y también algunos de
sus trabajos han sido publicados en La Luciérnaga
online.